ELLE




ELLE Julio 2026
Por Noelia Hermida
Fotos: Alberto Ruiz Rojo
VUELO LIBRE
ARTISTA MULTIDISCIPLINAR DESDE LA NIÑEZ, MARINA ANAYA TRANSMITE SU COMPROMISO CON ELAMOR Y LA PARTE AMABLE DE LA VIDA EN TODAS SUS OBRAS. PIEZAS INSPIRADAS EN LA NATURALEZA QUE ENTRAN POR EL CORAZÓN Y SE INSTALAN EN LA MEMORIA.
Si echa la mirada atrás, el arte está presente en casi todos los recuerdos de su vida. «Hago exactamente lo mismo que cuando tenía 5 años. Mi manera de estar en el mundo es muy parecida. De pequeña, me levantaba y, aparte de pensar en jugar con amigos, lo que más me apetecía era tener materiales para poder hacer cosas con las manos. Y, ahora, unos cuantos añitos después, hago exactamente lo mismo», cuenta entre risas la artista Marina Anaya (Palencia, 1972, marinaanaya.com), mientras apura una taza de té en su taller, situado en el barrio madrileño de Malasaña; un oasis de paz y color, completamente ajeno al bullicio del centro de la capital, y en el que el jazz marca el ritmo. «Me resulta muy agradable. Soy un poco hater con respecto a que haya otra música en el taller, porque me molesta mucho, prefiero el silencio», explica, rodeada de varias de las obras que forman parte de su nueva muestra, Pasajeros del viento, que ha inaugurado hace unos días en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz, y que se puede visitar hasta el 30 de septiembre.
Por Noelia Hermida
Fotos: Alberto Ruiz Rojo
VUELO LIBRE
ARTISTA MULTIDISCIPLINAR DESDE LA NIÑEZ, MARINA ANAYA TRANSMITE SU COMPROMISO CON ELAMOR Y LA PARTE AMABLE DE LA VIDA EN TODAS SUS OBRAS. PIEZAS INSPIRADAS EN LA NATURALEZA QUE ENTRAN POR EL CORAZÓN Y SE INSTALAN EN LA MEMORIA.
Si echa la mirada atrás, el arte está presente en casi todos los recuerdos de su vida. «Hago exactamente lo mismo que cuando tenía 5 años. Mi manera de estar en el mundo es muy parecida. De pequeña, me levantaba y, aparte de pensar en jugar con amigos, lo que más me apetecía era tener materiales para poder hacer cosas con las manos. Y, ahora, unos cuantos añitos después, hago exactamente lo mismo», cuenta entre risas la artista Marina Anaya (Palencia, 1972, marinaanaya.com), mientras apura una taza de té en su taller, situado en el barrio madrileño de Malasaña; un oasis de paz y color, completamente ajeno al bullicio del centro de la capital, y en el que el jazz marca el ritmo. «Me resulta muy agradable. Soy un poco hater con respecto a que haya otra música en el taller, porque me molesta mucho, prefiero el silencio», explica, rodeada de varias de las obras que forman parte de su nueva muestra, Pasajeros del viento, que ha inaugurado hace unos días en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz, y que se puede visitar hasta el 30 de septiembre.
«Es una exposición que aúna las diferentes disciplinas en las que desarrollo mi obra. El protagonismo está en los murales cerámicos, que es lo que más estoy haciendo ahora, pero están acompañados de obra gráfica, dibujo, cerámica utilitaria, esculturas de metal y joyería. Todo gira en torno a los pájaros, que son un motivo recurrente en mi trabajo y que aquí ejercen de hilo conductor», cuenta. Reconoce que la naturaleza, en general, es una de sus principales fuentes de inspiración, junto con la literatura, y, al compartir tiempo con ella, se entiende que las referencias constantes a los pájaros en sus obras de arte reflejan su propio ADN. A esa necesidad de moverse libre, de fluir sin normas, de crear sin un libro de instrucciones. Marina es la perfecta encarnación de lo que se define como un ser de luz. Una persona que irradia calma, optimismo, alegría, que le gusta escuchar y ser escuchada. Una forma de ser y de estar en el mundo que se refleja completamente en todo lo que desarrolla con sus manos. «Parece que el arte comprometido y social es solo el que aborda las injusticias y las causas difíciles, pero a mí me parece que hay que comprometerse también con la belleza y las causas positivas. Es igual de fuerte, genuino y válido. Y político. Porque en la vida no solo está la parte injusta, esa que debemos y queremos cambiar, sino que también está la parte bella que hay que descubrir, hacia la que debemos girar el objetivo y la mirada diaria. Y ese es mi compromiso denrro del arte. El compromiso con el optimismo, la belleza, la felicidad... Por eso el lado bonito de la vida me inspira muchísimo», asegura. Y esto no es un discurso vacío, un argumentario basado en palabras unidas con el único objetivo de que suenen bien y sean atractivas, porque si algo reina en la vida y obra de Marina es la coherencia.
«Mi obra es un reflejo de lo que soy desde que nací. Yo veo siempre el vaso medio lleno. Construyo mucho relato en torno a mi obra, pero no me gusta el relato sin obra. Esto ahora es una tendencia, y eso no me vale. Contar mucho y que luego el resultado esté vacío. A mí me gusta que las obras transmitan algo, que se entiendan primero con el corazón y después con la cabeza. Que veas algo que te emocione y ya, si tú luego quieres ver qué hay detrás y de dónde viene, maravilloso, porque es otro recorrido que también amplía, suma. Pero lo importante es que la obra en sí llegue», dice. La suya lo consigue.
Al observar sus murales cerámicos- realizados por encargos de clientes particulares y de hoteles y restaurantes de diferentes partes del mundo, como el que se ha instalado recientemente en la entrada del hotel ME Málaga by Meliá-, sus divertidas esculturas, sus originales joyas y apliques de latón, sus coloridos dibujos o grabados... se recibe una inyección de buen rollo. «El arte es mi manera de estar en el mundo. Yo me levanto y pienso qué cositas puedo hacer hoy con mis manos, porque toda mi obra es artesana 100%, hecha por mí en mi taller. Claro que en mi vida también hay presupuestos, facturas, otras cosas... Esas obligaciones de la vida de adulta (risas). Pero mucha parte de mi tiempo es volver al cuaderno de bocetos, a jugar con los materiales, a probar procesos... eso no ha cambiado, es mi rutina desde que tengo uso de razón», explica. No tiene duda de que ese volcán creativo de su interior proviene de su familia, sobre todo su lado materno. «Mi abuelo era marino, y escultor, aunque nunca se dedicó a eso. Vivió en Cádiz y hay varias esculturas urbanas suyas por la ciudad. No desarrolló su vida con un reconocimiento artístico, sin embargo sí hizo cosas maravillosas. Mi madre, su hija, también tenía esas capacidades, pero llevó una vida más centrada en cuidar a los hijos y no desarrolló tampoco su vena artística. Así que, sin duda, las artes plásticas me vienen de esa línea familiar. Aunque, también, de haber tenido mucho apoyo por parte de mis padres para que, tanto mis hermanos -una de ellos es la actriz Elena Anaya- como yo, nos desarrollásemos en lo que nos gustaba al 100%», explica. Un ambiente creativo leno de recuerdos imborrables e inocentes como el de pintar huevos de barro con su abuelo, sus primeros trabajos de batik, sus dibujos y acuarelas que vendía en mercacilos sin ningún afán comercial... Hasta que llegó el primer clic que le hizo pensar si el arte podía ser un modo de vida. «Hice un viaje a Marruecos con unas amigas. Teníamos 17 o 18 años, era de los primeros viajes que hacíamos solas. Al volver, hice una serie de acuarelas y una amiga de mi madre me dijo "Te las voy a comprar. Ponle un precio". Y me planteé: "Qué fuerte, a lo mejor puedo vivir de esto», recuerda. Se marcho a Cuenca a estudiar Bellas Artes y, al terminar, empezó a pulular por su cabeza la idea de mudarse a Madrid. «Había vivido en dos ciudades pequeñas y necesitaba algo más grande, que me inspirase y me abriese caminos. Me vine y empecé a hacer exposiciones en bares y, en uno de ellos, conocí a los que hoy son unos de mis mejores clientes, que llevamos trabajando juntos más de 30 años. Vieron unos grabados y me hicieron un encargo. Y ahí volví a pensar que mi futuro laboral podía pasar por lo artístico», afirma.
Durante sus primeros años en la capital, Marina compaginó su vida entre Madrid y La Habana. «Una amiga tenía un contacto de una profesora del ISA, el Instituto Superior de Arte de La Habana, y me pareció muy exótico irme a hacer allí el doctorado. Empecé la tesis e hice un primer viaje a Cuba pensando: "Voy, miro lo que hay y vuelvo". Y me encantó, me enamoré. Imagínate esa Habana de 1998, esos colores, esa gente, esa luz. Y esa escuela de arte, en la que se mezclaban las artes plásticas, la danza, la música... Fue un antes y un después», asegura. Una influencia que es más que evidente en su obra y en su look, lleno de colores, estampados y sus imprescindibles pañuelos atados a la cabeza en forma de turbante. «Mi obra tiene mucha influencia latina porque, además de las vivencias, también conecté de inmediato con su literatura, que es una de mis fuentes principales de inspiración. Descubrí a Severo Sardoy, a Leonardo Padura, a Gabriel García Márquez, y me enganché al realismo mágico. Los libros y la naturaleza, sobre todo los bosques y los atardeceres, son mi máxima motivación creativa», indica. Y añade: «También tengo mucho de Asia, por su tratamiento de los materiales y su manera de respetar los procesos tradicionales». De hecho, a los pocos días de realizar esta entrevista, ponía rumbo a Japón para perderse entre sus calles, sus museos, sus galerías y sus restaurantes. Porque para Marina, vivir la vida es la mejor obra de arte.