THE SENSORY MAG
THE SENSORY MAG.
2026
Marina Anaya. Colores que brotan del viaje y viven el presente
Por Isidora Weibel Díaz
Hay artistas cuya obra parece haber nacido de un estallido, pero la española Marina Anaya insiste en lo contrario: «No fue una chispa, sino una luz continua». Su práctica —que se mueve entre la pintura, la cerámica, el grabado y la ilustración— no surge del impulso abrupto, sino de una fidelidad radical a la niña que fue: aquella que pasaba horas moldeando, dibujando, construyendo mundos diminutos con una gran devoción. Hoy, a sus 53 años, sus piezas viajan, habitan hogares, se expanden sobre muros y encuentran lectores atentos en distintas latitudes.
Desde sus orígenes en Palencia, a Marina le interesó esa continuidad: el hilo que une la intuición infantil con la maestría actual. No como nostalgia, sino como ética. «En mi vida hay una coherencia total y una fusión entre el camino profesional y el camino personal», asegura. Ese pulso íntimo también se percibe en su taller, ubicado en el barrio de Malasaña, Madrid. Allí, el tiempo adquiere otra textura: la arcilla se amasa con paciencia ritual y los pigmentos se extienden como si fueran pequeños restos de memoria.
Formada desde temprano en el hacer manual, cursó la Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad de Castilla-La Mancha, en Cuenca, titulándose en 1996. Ese mismo año obtuvo una beca que la llevó a Brasil, experiencia en la que combinó labores docentes e investigadoras. De Florianópolis destaca «la fascinación por el ambiente cultural», propia de quien llega desde una ciudad pequeña y se encuentra con un mundo que vibra. Sin embargo, fue otro lugar el que terminó de conquistar su corazón.
Con ganas de ir por más, entre 1996 y 1999 realizó su doctorado en Cuba. En el territorio caribeño, la ausencia de materiales se convertía en posibilidad, no en límite. Los artistas mezclaban disciplinas con «frescura»: un dibujo podía transformarse en danza, una escultura en movimiento, «todo con la presencia en las obras de su identidad, de la isla singular que eran y que son». Para Anaya, esa libertad era de total sentido. La Habana —su malecón, su gente— sigue latente en su trabajo.
Hoy, su arte construye atmósferas. Marina explica que una vez que la obra está terminada, su destino ya no le pertenece: debe confiar en que galerías, casas y coleccionistas puedan ofrecerle un «entorno adecuado». «Espero que mis piezas dialoguen con amabilidad, y que sean respetuosas con los espacios que las rodeen», dice.
Esa relación con el espacio se vuelve más profunda en sus murales cerámicos, donde la colaboración con arquitectos e interioristas permite pensar el habitar desde una perspectiva conjunta. «Por suerte, ese sueño ya se ha hecho realidad en varios proyectos. Es algo de lo que estoy muy orgullosa y agradecida», confiesa la artista plástica.
Al hablar de sostenibilidad, Anaya evita las etiquetas fáciles. «Producir cualquier cosa contribuye a contaminar», reconoce, y en esa honestidad se distancia del discurso complaciente. Pero en su taller cada decisión se toma con atención: ediciones pequeñas, procesos manuales, producción íntegra en su propio espacio. No se trata solo de materiales, más bien de honrar una genealogía. Para ella, trabajar de manera artesana es también «mantener viva la cultura y la filosofía de nuestros ancestros».
En cuanto a futuros trabajos, Marina prefiere el ahora. «Siempre hay proyectos futuros, encargos, murales, exposiciones, y sin duda dan mucha estabilidad, pero me gustaría terminar esta entrevista en el presente», reconoce. Lo que realmente le importa ocurre en la rutina diaria de su estudio: levantarse, preparar el día, dibujar, modelar barro, cocinar para quienes la acompañan. «Con eso me parece suficiente», finaliza.
www.marinaanaya.com
@marinaanaya




